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Todo desemboca en un mar de tinta

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Corre tinta por mis venas, ríos de tinta para ser sincero, pero, ¿dónde van a parar cuando me siento, libre de cargas, y tras un pequeño esfuerzo, reunido el valor suficiente, libero mi mente de obstáculos y, al terminar, tiro de la cadena?

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Jueves, 03 de abril de 2008

La hora de Ángel

Nunca un atardecer había durando tanto tiempo. El resplandor mortecino de un anaranjado astro a punto de extinguirse permanecía aferrado, por la punta de sus rayos, al inalcanzable y eterno horizonte. Era como si el tiempo no quisiera seguir con su discurso imparable.

 

***

 

Sin reloj, tratando de adaptarse a la lentitud de aquellos segundos, resultaba, cuando menos, una operación de imposibles senos, cosenos y cuadrados de hipotenusas saber la hora que era, por lo que, Ángel, decidió explorar en las profundidades de la razón y se aproximó a una joven de aspecto pulcro para resolver su duda.

 

La hermosa muchacha permanecía silenciosamente reclinada sobre un pedestal de un cemento ajado por el clima y por la edad, además de estar cubierto de un sutil aroma de mascotas de ciudad, cuyos dueños siempre estaban más preocupados por conservar un espacio propio que por dar libertad a sus animalillos.

 

Apenas oculto bajo unos paños ligeros, su cuerpo se insinuaba con serenidad y parecía seducir a cada ser que se acercara a su poderoso campo de atracción. La leve brisa que se deslizaba entre los árboles del parque, arrojando sutiles sensaciones de agradable frescor mezcladas en una serie de sonidos primaverales, parecía querer apartar un poco más el vestido de la bella dama, que ya mostraba algo más que una rodilla bronceada.

 

***

-Buenas tardes, - se presentó con elegancia- ¿sería tan amable de decirme la hora?

 

Ella no se inmutó, parecía no haber escuchado las amables palabras que tanto tiempo se habían entretenido en la cabeza de Ángel, nerviosas porque no estaban acostumbradas a dirigirse a los desconocidos.

 

***

 

Eran raras las ocasiones en que el muchacho, de aspecto desgarbado, con la melena descuidada en un remolino de trenzados caracolillos, salía al encuentro de la sociedad.

 

Su mundo era cerrado y solitario, apenas salía de la habitación, aunque no tanto debido al miedo a la gente, al barullo ciudadano, a la convulsiva humanidad que nunca se detiene por nada, su fobia era más bien por sentirse sólo entre tanto gentío; sin embargo, aquella mañana había sentido la necesidad de explorar los alrededores, una vocecilla en su interior le había empujado a ponerse unos pantalones que habría encontrado en algún armario, una camisa negra desteñida, de cuello mao, y sus zapatos roídos por el descuido. Antes de salir de la habitación no se miró al espejo, nunca lo hacía.

 

***

 

La femenina cara parecía tornarse de un color rosa carmesí, suceso que se antojó, en la mente inexperta de Ángel, como un efecto fisiológico propio de quien se siente avergonzado por un pensamiento inquieto, o por una posibilidad callada por el silencio de la inmoralidad autocensurada.

 

-Perdona,- quiso insistir utilizando un trato más cordial, pero sin pretender ofender- ¿tienes hora?

Impasible, alzada su mirada un poco por encima del crepúsculo, como tratando de entender dónde quería meterse el sol, ella mantenía sus labios sellados, pero sin perder la sonrisa.

 

***

 

Ángel se mantuvo en silencio, arrimado a la sombra cada vez más larga de la dulce joven, tratando de imaginar por qué no quería responder.

 

Tal vez no le entendía, tal vez la muchacha era de otro país, quizás de uno lejano, de un lugar maravilloso donde las palabras tenían otra forma, donde los colores respondían a otros nombres y los adjetivos, a pesar de significar lo mismo no sonaban sino como un mar de intrincadas siluetas desdibujadas de un cuadro de Van Gogh.

 

***

 

-¡Mira, mira!- asaltó un individuo tirando de la manga de la que parecía su reciente esposa- ¡Es Anabel!

 

-Sí…ya lo veo, cariño… venga... una foto y volvemos al hotel, ¿vale?- coqueteó con la mirada, con los ojos que sólo ellas saben poner, con esa sonrisa pícara a la que no se puede negar uno.

 

-Nada de fotos…- balbuceó ansioso mientras pellizcaba, sin vergüenza, el culito respingón de su acompañante- ¡vamonos ya!

 

***

 

Las risas contagiosas de la pareja resonaron durante un rato llenando el ocaso sepulcral del parque. Cuando se apagaron, Ángel ya había grabado el nombre de la desconocida en una libretita que guardó en el bolso de la camisa.

 

-Estúpidos- susurró Ángel saliendo de detrás del árbol que lo cobijó al llegar la dichosa parejita - no entiendo porqué la gente tiene que molestar siempre.

 

***

 

Anabel no hizo ningún movimiento, ni cuando casi rompen su eterna serenidad con unas fotos, ni cuando regresó a su vera el muchacho, con una información, escondida en su corazón, como un tesoro.

 

-Ya conozco tu nombre, - musitó el joven, asombrado por la frialdad marmórea de la muchacha- te llamas Anabel...

 

Ángel se mantuvo expectante, a la espera de cualquier movimiento, cualquier sensación, cualquier pequeño detalle que, por sutil que pudiera ser, se habría antojado un gran éxito en la cruzada a la que se había lanzado el joven; sin embargo, todo lo que pudo apreciar fue cómo el tono ruboroso de la bella muchacha se tornaba de un rojo rubí, incandescente y volcánico, del color del odio reprimido y la cólera a punto de estallar.

 

Ángel, temiendo que, tal vez, estaba comenzando a molestarla, quiso disculparse.

 

-No quería importunarte, de veras, solamente quería saber la hora que es.

 

            Anabel mantuvo su mirada apartada, huidiza, ajena a la voluntad férrea del joven, quien, continuaba manteniendo una distancia mediterránea, más propia de un acercamiento que de una separación pero, con el prudencial decoro, respetando el límite espacial de los desconocidos.

 

***

 

            El incómodo silencio femenino fue rompiéndose, sutilmente, por una jauría de chillidos lejanos y descoordinados. Poco a poco, aquella violencia aérea fue invadiendo el sacrosanto emplazamiento en el que, la extraña pareja, mantenía su unidireccional relación.

 

A medida que los ruidos empezaban a concentrarse sobre las cabezas de los jóvenes, Ángel se dio cuenta de que se trataba de los pájaros que solía ver desde la ventana de su habitación enredándose en juegos celestiales, torbellinos acompasados en perfecta formación, una nube negra que atravesaba el cielo de la ciudad con una extraña y sobrenatural puntualidad, ya que, con una sincronización de cuarzo más propia de humanos que de animales, surgían, de la nada, a la misma hora día tras día.

 

Ángel tenía, al fin, su respuesta, aunque no de los labios sellados de Anabel sino de los locos estorninos que habían aparecido en el parque. El problema era recordar a qué hora hacían su aparición; la última semana no se había asomado a la urbe, su persiana había permanecido cerrada, evitando el contacto con la realidad exterior, por lo que no había prestado atención a los puntuales acontecimientos que le otorgaba la naturaleza.

 

-Son estorninos,- comenzó a explicar Ángel- negros como la noche y con el pico amarillo. Son el anuncio de la naturaleza para que los animales vuelvan a sus casas a dormir o eso decía mi madre.

 

            En realidad nunca había conocido a su madre. Se había criado con su abuela ya que sus padres murieron cuando él no tenía más que unos meses de vida.

 

***

 

Cuando las farolas del parque comenzaron a encenderse, con un chasquido perfectamente compenetrado ejecutado de modo marcial, y pasaron del azul eléctrico a una especie de naranja sereno, el canto de las aves se fue rompiendo por ráfagas de silencios iluminados de noche.

 

El frío de la nocturna brisa, atravesada de los recuerdos aún cercanos de un invierno que apenas había pasado, puso la piel de Ángel ligeramente espigada. Recordaba que, al salir de la habitación, tuvo en sus manos una chaqueta de punto, ahora se lamentaba de no haberla traído finalmente, no tanto por él, sino por la posibilidad de ofrecerla a la dulce Anabel.

 

***

 

Alguien se acercaba por uno de los caminos del parque, sonaba divertido, era como si un grupo de críos salieran del colegio en pleno recreo, mucho barullo, pero completamente inocente.

 

Ángel se ocultó de nuevo entre las sombras de un sauce, a la espera de que aquel jolgorio se esfumase del mismo modo en que había aparecido.

 

-¡Mira!-gritó uno de ellos.

-¡Ahí está! ¿La ves?- acompañó otro -¿Está buena o qué?

-¡Qué, tía! ¡Qué guapa tan calladita!- y las risas y las burlas siguieron.

Las ofensivas palabras resonaban violentas en la cabeza de Ángel como si un tambor de dimensiones inhumanas hubiese sido golpeado con furia por un semidiós.

 

            No entendía porqué hablaban así, ¿se referían a Anabel?, ¿quién, en su sano juicio, se atrevería a hablarla así? No podía ver desde su nicho, pero comprendía perfectamente que nada bueno podía estar pasando.

 

            Nervioso, asustado, trató de encontrar en su interior un poco del valor del que tanto había escuchado hablar en la tele, aunque era complicado luchar contra su anquilosante fobia social.

 

Paralizado de dolor moral, sólo podía esperar que el tiempo, que hasta ese momento había transcurrido dulcemente lento, recuperase su ritmo y arrastrase lejos a los animales que se habían atrevido a profanar la honra de la hermosa dama.

 

***

 

Al cabo de un rato, las irracionales criaturas se cansaron de ofender y humillar. El estallido de unos cristales y unos pasos acercándose al lugar, veloces, disgregaron a los infames y disolvieron el aquelarre.

 

-¡Malditos cabrones!-gritó con furia Ángel al asomarse desde detrás del sauce.

 

***

-¿Quién eres?- interpeló un hombre alto y delgado, con un extraño uniforme de colores verdosos que al amparo de las farolas se antojaban ocres y amarillentos.

-Soy Ángel.

-¿Has visto a esos energúmenos?-le preguntó el acompañante del primero, un tanto más rechoncho y bajito.

-No, sólo les escuché gritando a Anabel.

            Los dos uniformados se miraron fijamente durante un instante, extrañados ante la desconcertante respuesta del joven.

 

-¿Qué hacías aquí?

-Sólo quería saber la hora y le intenté preguntar a ella- dijo señalando el cuerpo inerte tumbado en el frío césped.

 

            La pareja quijotesca volvió a mirarse con más incredulidad aún.

 

-¿Acaso creías que ella podía decirte la hora? Pe…pero…-y las palabras se apagaron en su boca antes de escupirlas-…pero si es una estatua- y comenzaron a reírse con tal estrépito que hasta los estorninos se despertaron y se lanzaron al cielo en busca de un paraje más sereno.

 

Aquella tarde, Ángel descubrió que las estatuas no saben la hora.

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Martes, 11 de diciembre de 2007

NADA Y TODO HAY

NADA es lo que TODO tiene en común, para todos, para siempre.

Nada hay como la esencia misma del cosmos que te envuelve a cada paso que das, nada como la propia sed de aire que te atrapa con una consciencia letal impidiendo que los latidos cesen de modo voluntario, nada como el ligero rayo de esperanza que a cada suspiro se estremece en el viento solar tomando de su luz una energía liberadora que expande los pulmones en un infinito estado catártico que renace en cada parpadeo.
Nada hay como el balanceo constante de un péndulo atemporal e infinito, que marca la permanente variabilidad de todas las cosas y su inmutable sonido retenido en un tic-tac que ha de sentirse golpeando con delicadeza indeleble la dulce paz de la superficie de un océano en calma.
Nada tan tierno como un beso enamorado y granado, encarnado en los carnosos labios carmesí de un sol que devora a su paso nubes de tonos tristemente vacíos y los llena de esperanzado esplendor que se desprende sobre campos inundados de briznas susurrantes que navegan sin moverse al son de un viento que las llama a volar.
Nada tan tierno como la mirada profunda de un mar de otoños por llegar, lleno de la vida que me está faltando perdida en un cielo lejano que no quiere regresar y devolverme a la tranquila eternidad que me está prohibida de momento.
Nada hay como el murmullo sereno de una noche de sombras sigilosas que caminan de puntillas por los rincones del alma haciendo cosquillas en donde más duele, tratando de no dejar sino lamentos encogidos y escogidos llantos que pelean por desaparecer de una vez y para siempre y para nunca volver no dejan rastro de migas aunque sus pasos no se pierden en el horizonte arenoso, sino trascienden más allá de las distancias y se mantienen a mi vera para darme la señal.
Nada hay como la cálida sensación de una noche de verano que te abraza en el arroyo sinuoso de un riachuelo de corrientes ascendentes que rebuscan en tu interior, sofocando la nostálgica desazón que se cobija entre los sentimientos más hondos y los deseos más clamorosos.
Nada hay, por tanto, como no sentir el abrazo del sol llenando de líquido deseo el alma, como no sentir sino praderas desiertas, pobladas de sombras de lo que fue y nada más, tratando de encontrar un soplo de viento que te acoja los sentimientos y los lleve a donde el corazón quiere llegar.
Nada hay sino tristeza a cada paso, melancólica humedad que aflige el cuerpo y empapa de silencios fríos cada rincón de un ser que nada puede hacer sino esperar.

Por: R. Herser | General | Comentarios (0) | Referencias (0)

Martes, 20 de noviembre de 2007

Cartas a mi amada(3)

Si lo necesitas,
traeré mi tiempo y mi destino
aferrado a tu cuerpo dejaré,
y las noches
que aun nos quedan, embriagadas
de estrellas arropadas en un cielo
que las cobija en el silencio de una luna nueva,
serán segundos incontables
que se pierdan en la distancia que nos separa.
Si lo necesitas,
traeré tus sueños y tus deseos
enredados en mi pecho dejaré,
y los días
que aun nos quedan, empapados
de palabras arropadas en un viento
que las envuelve en el silencio de una duna nueva,
serán tormentos innombrables
que se olviden en la distancia que nos atrapa.

Por: R. Herser | Poesía | Comentarios (0) | Referencias (0)

Jueves, 15 de noviembre de 2007

Cartas a mi amada(2)

Buenas noches, mi alma.

No puedo ya, ni quiero, sentir que no te tengo, sentir que ya te has ido hacia el desierto que me asola el corazón, hacia la perdida tierra sin nombre ni dueño, sin agua y sin perdón, dejando atrás el tiempo en que la risa conquistaba cada grano de vida que nos latía desde la punta de los dedos hasta el centro del corazón, sangrando dicha e ilusión por las cosas más mundanas y por lo demás.
No puedo ya, ni quiero, sentir que no te siento, sentir que tu calor ha abandonado el murmuro de unas sábanas frías que te esperan desde el primer día y que no me quieren transportar al mundo de los sueños donde sólo te puedo tener, donde los abrazos eternos pueden calmar todo el sólido silencio que me embarga y sin embargo, tratan de transportarme a la desolación de un desértico oasis en el que mis lamentos exhalan la nostálgica soledad que me asalta y que me entierra.
No puedo ya, ni quiero, sentir que aun no pasa el tiempo, que la arena del reloj se duerme y no camina, que la vida se me para en la palma de las manos y se escurren lentamente los días, tan despacio que casi los quiero atravesar y no puedo.
No puedo ya, ni quiero, sentir que no te tengo, sentir que no te siento, sentir que aun no has vuelto.

Por: R. Herser | Epistolas | Comentarios (2) | Referencias (0)

Sábado, 10 de noviembre de 2007

Si de noche lloras

Las lágrimas, con su cicatrizante sal de la mano, se tornan pesadas losas que oprimen algunas vidas.

Porque cierras
los ojos cuando quieres
ocultar tu llanto,
porque cierras
tu mar de melancólicas olas,
marea de soledad que,
cegada por la violencia de un sol
que no calienta
en tu invierno congelado,
retoza
entre acantilados cristalinos
y cielos encapotados.
Porque cierras
de par en par tu mirada
triste y callada,
porque cierras
tu ventana de transparente alma,
ánima animosa que,
muda por la crueldad de un viento
que no respeta
tu murmuro suplicante,
vaga entre silencios abruptos
y lamentos desconsolados.
Porque cierras
tu corazón no ves
que mis sentidos te están observando
y sigues llorando.

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Viernes, 09 de noviembre de 2007

Llamada

Las dunas parecen llenarse con al arena del reloj que cuenta nuestro tiempo.

Llama de amada, tiempo infinito.
Rompo mi alma y exhalo,
entre quimeras de encuentros,
el límite mortal irrumpiendo
con impetuoso tronar
en el devenir de la realidad
y naciendo de nuevo,
con ilusión renovada
y alas de seda y el pandeoro
de un mosaico renacentista,
mi voz en ti.
Llama de amada, llamada esperada.
Enamorada en el delirio,
quemando las velas que te alejaron de mí,
abro mi corazón a los cuatro vientos,
volando lamentos y tempestades
que empujan mis diluidos lamentos
lejos de donde los puedan escuchar,
para que la vida siga su curso imparable
y el pequeño reloj que todo domina
atienda a razones perdidas
y a llamadas.
Llama de amada, canto dolido.
Resonada en mi cariño,
hinchando trapos de algodón y lino
jaleados por un torbellino de deseos,
la calma de ayer hoy ha crecido,
se ha hecho mayor
y su tez serena y paciente,
dominada por la angustia de la soledad,
anhelante de tu tacto
se muere a brazo partido
y corazón.
Llama de amada, tiempo infinito.

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Viernes, 09 de noviembre de 2007

Intento en blanco

La pasión del encuentro entre la hoja y el lápiz, fruto del desesperado encuentro entre la soledad y la angustia.

Tierra maldita teñida de blanco despertar, absorbe con placer las extrañas siluetas sombreadas de unas notas discordes que señalan un camino que se antoja sin final, deleitando al amanecer con sus sentidos lamentos, desprendidos de toda ilusión, porque ya no queda aire en el mundo para relatar su desesperación apopléjica, detenida en un tiempo que no sabe continuar, atrapada en un cruce de vientos que la quieren desmembrar.
El lápiz repasa los sabores de la melancolía y se mece en la pútrida conciencia maldita que lo lleva de letra en letra, arrastrando a su paso cada palabra, golpeada por un destino separador que lo ahoga entre despedidas nocturnas día tras día, partiendo el alma de carbono que una noche soñó con ser diamante y ahora muere diluida en un infinito mar de historias pernoctadas.
La hoja observa la muerte lentamente anunciada del utensilio orador que orada su virginidad y disfruta con la pérdida de su tesoro, sabiendo que su paso de niña a mujer puede ser más que una etapa, puede darle la vida eterna, portando con orgullo el epitafio de un lápiz que describió un amor separado por un mar de tinta y arena.

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Martes, 06 de noviembre de 2007

Cartas a mi amada

Los días, inevitablemente largos, se arrastran lentos llevando en su equipaje la pesada carga de las noches sin tí.

Coronado de espinos, abrasándose en la palma de una mano, con el espíritu marchito evocando sentimientos como continentes deslucidos y nostálgicos, dolido de amores, sobre la paz ardiente de las estrellas infinitas y la insaciable frialdad de una pálida y mortecina luna, el crespón enlutado de una noche cerrada, cerrada a la vida y a la realidad, recelosa de las almas durmientes que vagan por un laberíntico camino jalonado de sueños, anuncia la muerte del sol, pero sólo un joven enamorado llora asomado a la ventana. Llora en silencio, llora en penumbras, llora por la amada que partió lejos a buscar al astro rey y que aun tardará muchos funestos atardeceres en retornar con su calidez para llenar de luz la oscura soledad que lo oprime.

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Miércoles, 31 de octubre de 2007

¿Qué va a ser?

Se acabaron las despedidas, una mañana de frío invierno, mientras el sol apenas asomaba un palmo sobre el horizonte, entre lágrimas y silencios, todo terminó, sin grandes finales de película, tibio y desesperadamente insensible, despojado de los mismos sentimientos que jamás lograron llenar su vida.

El vaho de los cristales impedía discernir más que unas sombras huidizas que indicaban que la ciudad quería poco a poco despertar, pero que aun tardaría un rato en despojarse de sus sábanas aterciopeladas de noche y estrellas, de luna y sueños mojados.
El despertador llamó a la puerta de su inconsciencia y lo apagó por rutina, por la misma rutina que hizo que se pusiera en pie en dirección al baño para ducharse, no sin antes encender, siempre por rutina, la cafetera. Siempre lo hacía igual porque apreciaba, como pocas personas saben apreciar, el olor del café reciente mezclándose con las fragancias húmedas del jabón de Marsella.
Justo al mismo tiempo en que terminaba de ponerse los zapatos, el gorgojeo del desayuno le esperaba en la cocina, apagó la cafetera, tomó una magdalena del armarito situado sobre los fogones, se sentó con la taza de negro estimulante y desayunó, por inercia, por rutina, por la misma estúpida rutina que le había sacado de la cama, del placer, de la inconsciencia, y lo había devuelto a la dolorosa realidad que tanto le costaba tragar.
Bajó a la calle y se dirigió hacia la parada del bus, sin prisa, como siempre, no sólo por el hecho de que no deseara llegar a su trabajo, sino porque, como cada mañana, tenía tiempo suficiente antes de que el inflexible horario del transporte público le pusiera nervioso. Al llegar a la parada se percató de que las farolas permanecían encendidas aun, hecho que le confundió ligeramente y, por un instante, frunció el ceño en un escorzo de consternación.
Al llegar el autobús, buscó la seguridad de su asiento de siempre, casi al final del vehículo y junto a la ventanilla, a la misma poca distancia del martillo de emergencia y del pulsador de aviso de parada, sin embargo, para su total desubicación, el trono de sus batallas diarias, la butaca de sus paseos matutinos, la mecedora que lo acunaba ligeramente relajándolo antes de la tediosa labor de cada día, estaba ocupada.
Miró con cierta tristeza hacia su usurpado espacio vital, sin embargo no dijo nada, todo estaba resultando extraño aquella mañana, así que se encogió de hombros como quien se pregunta a sí mismo qué más puede pasar, justo antes de que algo peor suceda.
Se sentó justo enfrente de su ritual matutino, si todo se había torcido aquella mañana no importaba el que le diese la espalda al mundo, y así, como en una ejecución rastrera, puso su nuca despejada para que el destino dictase su sentencia.
Entonces, cuando un repentino frenazo del vehículo lo abstrajo de sus pensamientos y lo devolvió a la realidad, pudo observar la vida desde otra perspectiva. La ciudad ya no era engullida por sus ojos de camino al trabajo, ahora sentía que se creaba en sus pupilas y que se deslizaba con suavidad como la tela de una araña que va siendo tejida poco a poco, cargando de matices antes indescifrables y de una paleta de ilusiones coloridas que días atrás parecían más bien diluirse, desdibujarse en una maraña de angustiosas bocanadas de humo gris. Casi se sentía con el poder de los dioses, capaz de crear a su antojo un mundo distinto, ni mejor ni peor, pero sí hecho completamente a su medida, a su imagen y semejanza, en fin, sabía que aquello no era posible, que era un sueño infantil, pero le hizo feliz la sola idea de aquella posibilidad, y sonrió, por primera vez en mucho tiempo.
La calle, renaciendo como cada mañana, parecía emerger de la oscuridad cubierta de una blanquecina humedad, como si al atravesar el cristalino de sus ojos se llevase poco a poco, a cada paso, un trocito de su alma, empapada de la gracia que viste de ternura a cualquier recién nacido, impregnada de la ilusión que se intenta retener en la mirada que atiende los primeros pasos de un bebé, bañada de un caldo de amor y de nostalgia.
El acompasado movimiento del autobús prosiguió y, con él, la soberbia imaginación continuó desarrollando el parto indoloro de unas calles y unos edificios que nunca antes habían estado allí, o no al menos como iban surgiendo tras sus pupilas.
Idealizados torreones, caminos azabachados jalonados de jardines y bosques y praderas sin final, ríos, lagos, mares y océanos surcaban su mente y, al instante, brotaban como cascadas y saltos de agua de sus abiertos párpados, así lo recreaba y su imaginación desbordada no parecía querer detenerse.
Entonces, cuando su ilusión había tomado el camino de la inconsciencia onírica, despojado de toda la razón que ata a los cuerdos a la insatisfactoriamente mundana realidad, su creación se cruzó de pleno con un muro insondable, un rostro completamente apagado, sin color, imperturbable, con la vista clavada en un horizonte infinito que parecía haberlo embelesado.
La mirada inexpresiva de aquella fantasmal figura que se había atrevido a ocupar su lugar en la vida le recordaba algo, algo que aquella mañana había dejado lejos, a tal distancia que ni recordaba apenas lo que era, casi le parecía un retazo de su infancia por lo difícil que resultaba rememorar aquella época en que era un ser más de la polis, sin vida, sin ganas, sin deseos ni ilusión, sólo con un trabajo que vaciaba los relojes a tiempo de volver a casa a la hora de cenar.
Miró a los ojos opuestos, frente a frente y sin reparos, saltando por encima de todos los modales, aparcando su vergüenza a un lado del camino que los separaba y, en ese instante, toda su felicidad se derrumbó por los suelos y comenzó a comprender qué era lo que había sucedido.
Aquella mañana su cuerpo sin sentido se incorporó a la hora pero dejó atrás su alma, la razón de su vida escuchó el despertador pero quiso seguir durmiendo y así lo hizo, retrasándose el tiempo justo para llegar a la parada del bus unos minutos detrás de su organismo, entrando en el autobús y pagando entre su identidad y una mujer joven y hermosa, de rizos castaños, que hizo sonreír al adormecido conductor, y permitió que su desalmada corporeidad tomase posesión de su habitual asiento, relegando al alma a sentir la vida por primera vez, pero sin tiempo para que su receptáculo pudiese llegar a disfrutarlo.
Al llegar a su destino, el alma viajera se despidió en silencio y bajó, dejando un cuerpo sin vida sentado en su lugar de siempre, mirando hacia un horizonte al que ya nunca llegaría.

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Martes, 30 de octubre de 2007

Por caridad.

Dime
que he de volver
a la silenciosa vereda
verde, frondosa y austera
que hace mucho ya me espera
y no pone condiciones.
Dime
que quieres que parta pronto,
que recoja mis enseres
y embarque en nueva aventura
en solitaria realidad.
Dime
que el desierto te ha llevado
a la profunda calma
de la certeza sostenida en la punta
de un grano de sol
o que la gélida nocturnidad
se apoderó de tu pasión
y no vas a llorarme.
Dime
que el tiempo se ha quedado a tu lado
y no te va a dejar marchar,
que lo encerraste entre tus manos
y no quieres verlo volar.
Dime
que no me añoras,
ni me amas,
ni me quieres abrazar,
que yo sabré que me mientes
por no lastimarme más.

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Lunes, 29 de octubre de 2007

Allende los pesares.

De la distancia tormentosa que nos separa sólo un puñado de días nos faltan, apenas poco tiempo más, aunque parezca horizonte intocable, para volvernos a encontrar.

Más allá de las montañas, de los mares, de los bosques y las murallas de espuma, mucho más allá, donde los sueños se tornan de ocres y nacen las arenas de las playas, allí has encontrado un hueco donde sentirme a tu lado, transportando en tu memoria todos los trocitos de mi ser para recomponerlos como un puzzle en tu regazo.
Mucho más allá incluso de las promesas que se han perdido en los tiempos, de las espadas y las flechas, de los poemas de romances austeros y de las abruptas mentiras que desgajaron distancias prohibidas, allí han llegado tus piecitos, para dar pequeños grandes pasos que conviertan sendas en caminos abiertos a la razón y a la justicia.
Aun mucho más allá, incluso, de las miradas perdidas al horizonte y de las ideas de libertad que surgen de la retina y sugieren lejanas posibilidades que se sumergen en un mar de contemplaciones, más lejos que los deseos de acallar la soledad que se incrusta en las paredes del hogar y que tiñe de silencios dolidos el lecho que ya no me quiere cobijar, allí he de encontrarte despierta soñando conmigo, buscando en las estrellas un rincón donde encontrarme y contarme lo que has hecho y que te cuente lo que hice yo, un espacio a la luz de la luna donde poder tumbarnos abrazados y darnos las buenas noches.

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Domingo, 28 de octubre de 2007

La despedida

La distancia es el tiempo que se debe afrontar para volver a estar juntos.

Tanto llanto se agolpa contra el borde mismo de un abismo de distancias que se antojan insalvables y destinos detenidos en un tiempo que apenas quiere empezar a caminar su incesante y desesperante compás acompasado y sosegado, tanto dolor y tanta angustia, tanto ahogo en las pupilas y tanto por decir, que apenas se contiene el silencio en la punta de un instante y brotan los sentidos en cadencia desordenada, con el ritmo discontinuo de una cascada en primavera que rompe su cauce y se desborda y se lamenta, y su plañido huidizo se deshace en un sinfín de lágrimas que se adentran en la carne y duelen desde dentro y vuelven a la piel y se sumergen de nuevo en un laberinto de sentimientos atropellados que buscan una salida y, en su arrollador empuje, sacuden los cimientos de la calma y someten al alma desconsolada y, sin otra vía de escape, retornan a la miríada de emociones, asomándose desde todos los rincones al océano desconsolado de su mirada y vuelven a escapar.

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Jueves, 20 de septiembre de 2007

Nodicendo, evocadamente

Desde el otro lado del mundo, apartada de la orilla de la razón, se asomaba al balcón de una mirada perdida, oteando el devenir de la historia y el ir y venir de la realidad que les había apartado. Sopesado y sin pasar, el tiempo detenido en la palma de sus manos se tornaba frágil y certero, distante y sin distorsión, retorciendo sus latidos y apretando con piedad sus pulmones encharcados de tanto aguantar.
Poco a poco, la intención intensa se manifestaba descargando la tensión de la ira contenida en bocanadas de resplandores que resonaban, como cuerdas punteadas de una guitarra tristemente inmensa, con pasión, con dulzura y con dolor.
Luces de ideas y temores resoplaban cercando la noche y alejando el día, acercándose a la esperanza y arrojando sus destructivos apuntes sobre la capa celestiada de reflejos indecibles que asomaban desde la carpa azabachada.
La durmiente soledad del silencio lleno de estruendosos griteríos de la infancia, chocar de orgullos elefantiásicos, desmembrándose y reagrupados en batiente despertar, trabucados estallidos que rompen la calma inexistente recobrando la titularidad del poder, se apoderan, sin demora y con toda la pereza de sus ancestrales movimientos, de la inflexible seguridad de un abrazo hogareño, descolgándose sigilosamente y arribando a la costera expectación.
Alcanzado su éxito, se desploma sobre su objetivo y descarga sin florituras el cúmulo y los cirros, los mimos y la sal, el llanto y la piedad, deshaciéndose en molinos de rayos que atacan a su creador, tentando y atentando y tendiéndole una mano enamiga cargada de energías alternativas y de inquietantes resultados.
Lo que a lo lejos parecía ser una visión del infierno se derrumbaba sobre las cabezas de los dos amantes que huían a ponerse bajo techo, sin dar tregua a su amor, la tormenta se desprendía de toda su presión arroyando a unos jóvenes que deseaban estar en paz.

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Miércoles, 19 de septiembre de 2007

Nana de espuma y arena

Desde el profundo azul
de tu mirada noche,
sangre a granos
que de acogerme en su sentido
buscara la vida
de otra forma,
hermosa luna,
que me amparase de miradas,
verdeciendo en pos de una futura
cercana donde nacimiento fuese
causa del presente,
muerte llanto del pasado.
Aflorar de dunas omniscientes
que parecen servirte de corales,
noche silenciosa y raptora,
llevas robando mis sueños
y no me has devuelto la vida,
noche del desierto serena,
ya vas llorando mis penas
y no me has devuelto el alma.
Mar de arena
conquistadora
llena de calma y angustia,
sol que ceñir de tu carne y
luna que besar de tus heridas,
libre mi paz en tu aliento
surca de espuma y marea,
llama desierto y quema,
sangra mi sal y corrompe,
daña mi cuerpo de heridas
y deja que mi niña vuelva.

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Domingo, 16 de septiembre de 2007

Alma terminal.

Nada hay como la soledad para recordar que la compañía es una dulce y acogedora sensación que apenas entendemos cuando está.

Un nuevo día se desprende de su manto mortecino, reservando, a pocos pasos, su luto ceremonial, para cuando vuelva a ser preciso.
Abierta la ventana, dejando que la luz sinuosa de un amanecer encapotado trate de recuperar el aliento tras una cortina roída en la oscuridad violenta de una desesperante soledad, se asoma a la ciudad una lacrimosa tez de porcelana, envejecida por la edad y la violencia, contemplando el tiempo que ha venir para llevarse sus penas y viendo que no hay nada en el horizonte y que nunca lo habrá.
Las farolas se apagan poco a poco y con ellas, sin sentido y sin permiso, sus esperanzas viajan hacia el rincón donde anida la oscuridad cuando la negra noche escapa de la ciudad.
Unos pasos pasados, una palabras huidas, un portazo en la pared, retumbando como un eco imborrable en su memoria, eso es todo lo que queda en su habitación, eso y las señales en su cara y en sus manos, y acaso en su mirada de ayer, porque hoy ya no sabe qué ser o qué no ser.
Nada tiene solución, ahora ya es tarde, la vida gris comienza a despertar entre bostezos y nadie se ha detenido por su presencia o por su ausencia, porque a nadie le interesó nunca preocuparse por aquella triste alma nómada que vagabundeaba por los resquicios de los portales, escondiéndose de las miradas ajenas, evitando a toda costa nacer en la retina de quién la podría matar.
La muerte no la asustaba, soñaba cada noche con ella, transportada a un mundo donde la angustia desaparecía y la ilusión volvía, correteando como un perrillo, a su regazo, recuperando lo bueno que un día existió en su corazón, descubriendo al fin la ingenuidad de la infancia y despertando los sentimientos que nunca la dejaron aceptar. No le asustaba, lo único que le impedía morir era su miedo a vivir sabiendo que nada había hecho en su vida, nada excepto sentir sin ser sentida.
Por eso aquella noche quiso gritarle al mundo, contarle de su existencia, hacer partícipe al viento de sus tormentos y lo hizo, con tanta rabia, con tanto rencor, con la frustración de todos aquellos años encerrada en un llanto que clamaba atención, que llamaba a las puertas de sus vecinos con colérica enajenación y cruzaba de patio en patio, recorriendo las nucas durmientes como un escalofrío de razón desrazonada, como el trotar desbocado de un de un espoleado caballo fantasmal.
Y así, aquella noche de lamentos sin disculpas, quiso que llegase el horizonte acogedor, quiso que las nubes la acogiesen en sus senos de espuma y algodón, quiso dormir y soñar, y vivir que estaba muerta y sonreír, quiso ser sin ser vista, y quiso ver sin haber muerto.
Quiso saltar y saltó.

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